De todo lo que se vive durante las fiestas de la Villita, hay momentos que se quedan profundamente en el corazón. Uno de ellos, sin duda, es el encuentro de la Mesa Guadalupana, una tradición que este año cumplió 124 años de fe, historia y amor, y que sigue viva gracias a la entrega de su gente.

Cada 11 de diciembre, un día antes de la gran fiesta, hombres y mujeres se reúnen en esta casa de danza, un espacio sagrado donde el tiempo parece detenerse. Ahí no solo se preparan para la celebración, sino que elevan su oración con profundo respeto. Es un ritual lleno de significado, donde se pide por quienes ya partieron, por los antepasados que abrieron el camino y sembraron esta tradición que hoy continúa floreciendo.
Desde el momento en que llegan las sahumadoras, el ambiente se llena de respeto y solemnidad. Poco a poco, todos colaboran para arreglar el gran altar: colocan a sus santos, las imágenes de quienes ya no están físicamente, pero siguen presentes en el corazón y en la memoria. La capitana, con palabras sencillas pero llenas de amor, agradece a cada persona que llega, otorgando el gran permiso para iniciar el ritual y bendecir los cuatro puntos, entre oraciones y cánticos que estremecen el alma.Así se pide permiso, así se honra la tierra, el cielo y la historia. Estos son los verdaderos tesoros de nuestro Apaseo, tradiciones que no se compran ni se improvisan, sino que se viven y se sienten. Unidos por la fe y el amor, comparten una emoción tan grande que contagia a quien tiene la oportunidad de presenciarlo.
En medio de esa charla llena de sentimiento, comenté que el próximo año será especial por cumplir 125 años. La respuesta fue tan sencilla como profunda: “Cada año es especial y hay que vivirlo como si fuera una gran fiesta para todos”. Y en ese instante comprendí una gran lección: si para ellos cada año es único, también nosotros deberíamos aprender a vivir así cada día, cada momento, cada alegría y cada dificultad, con el corazón abierto y agradecido.
El ritual continúa con amor y respeto. Cada gesto, cada palabra y cada paso están llenos de significado. Las lágrimas que brotan no son de tristeza; son lágrimas de gratitud, de orgullo y de un profundo amor por su historia y por quienes los antecedieron. Con emoción agradecen a cada persona que ayuda, que aporta y que da de sí sin esperar nada a cambio.
Así son las tradiciones vivas de Apaseo el Grande. Así es su gente: fuerte, creyente, unida y generosa. Porque es esta gente, con su fe y su memoria, la que sigue haciendo grande a Apaseo el Grande.


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